Luis García Montero- El otro espejo

Te veo conducir

por el camino de la tarde.

 

Con los ojos clavados

vuelves a tu ciudad

y en la cuneta quedan las desgracias,

los años, los amores

como si fuesen árboles caídos.

Son de hoja perenne, no te engañes.

 

Envejecer es la costumbre

del rostro que sorprende en las arrugas

su propia identidad,

esa historia dudosa

del delincuente honrado.

 

Igual que los destinos más vulgares,

el tuyo está en las manchas de mi piel.

Una debilidad con piel de lobo.

 

Que cada curva salve un precipicio,

no limpia la mirada.

Que no haya más excusas

para justificar la dirección,

tampoco nos condena.

 

La lentitud y la velocidad

ya no discuten por nosotros

a los dos lados del espejo.

 

Marcas, herencias, huellas.

Cuando llegues a mí

no estará el corazón.

Estaré yo para pensarlo todo.

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